sábado, 9 de julio de 2016

Retrato de José María de Pereda

Por su aspecto exterior, lo mismo que por la recia contextura de su espíritu, fue en la vida mortal el arquetipo de una casta de hidalgos ya desaparecidos. Era de noble y grave continente, mediano de talla, enjuto de carnes, recio de tronco y hermoso de cabeza. Tenía la color de avellana, correcta la nariz, alta la frente, velados los ojos, bigote bien poblado y de altas guías, perilla larga y ancha, entrecana como el mostacho... La melena rebelde, se encrespaba bajo el chambergo derribado airosamente sobre la sien. Vestía pulcramente, sin rendirse a las tiranías de la moda, sino a lo que le ordenaban la limpieza y la holgura. A veces se abrigaba con la capa española que llevaba con gentileza, y entonces acababa de dar a su persona el aire de un antiguo caballero de Castilla. Robusto y musculoso, parecía labrado en madera de un roble montañés de buena veta. Era miope, como Quevedo, y después de Cervantes nadie escribió mejor que él.

José María de Pereda (1833-1906), gloria santanderina,
lumbrera de las letras españolas, orgullo y prez del Tradicionalismo

Pereda tradicionalista literario

Sobre todos los títulos y excelencias con que la crítica ha calificado la producción literaria de D. José María de Pereda, resplandece en ella uno más, singular y refulgente, que la colorea e ilumina: su hondo valor tradicionalista o tradicional, dando a esta voz un sentido más amplio y comprensivo que el político con que vulgarmente se emplea.

Toda la obra de Pereda es como un himno jubiloso, como un canto viril a la tradición, a la conservación piadosa y culto férvido de las ideas, costumbres y ambiciones, vivas aún y vigorosas, que cada generación que muere va legando a la que sucede, tanto que los elementos más característicos y preciados de sus novelas y artículos, aquellos que habrán de comunicarles gloriosa perennidad, de la tradición los recogió Pereda y por la tradición llegaron hasta él. El campo de acción de sus relatos, la Montaña, era sin duda una de las regiones españolas que hasta su tiempo había logrado conservar casi intactos y más puros sus accidentes geográficos. Todavía la colosal Peña Carranceja alzábase como un torvo y solitario titán que vigilase su entrada, defendiéndola de las incursiones y asaltos de los fronterizos valles castellanos. En las cimas casi inaccesibles de sus picos, libres por dicha los más de ellos de cosmopolitas alpinismos, guardábase la nieve virgen, eterna, incontaminada, como si sus peñas y llambreras siguiesen sirviendo de aras a milenarias y primitivas religiones. Durante gran parte de su vida, muchos de sus valles y llosas vivían solos, pacíficos, aislados, sin otra comunicación entre sí que la pedregosa cambera o la senda de herradura, para que por ella pudiese caminar Marcelo, el sobrino de D. Celso, llevando delante como guía y espolique al incansable Chisco. Con razón y bellísima frase pudo decir su gran paisano y camarada, D. Marcelino Menéndez y Pelayo, que Pereda hizo su nombre inseparable del nombre de su tierra, incorporada por él a la geografía poética del universo.

Sobre este escenario inmortal, tallado en roca viva, en la majestuosa decoración que tiene por solio los cielos, por fondo la gigantesca cordillera cantábrica, por testigos sus desfiladeros y prados y por compañero el mar, veremos desfilar los demás elementos de su obra; tradicionales todos, primero los personajes, aquellos tipos tan humanos, aleaciones de su fantasía con la realidad, no puras copias ni imitaciones serviles de otros vivos e históricos, porque el novelista que imita o calca solamente no logra dar a los hijos de su entendimiento la ansiada inmortalidad; de la tierra de aquellos plácidos y escondidos valles montañeses tomará la masa con que ha de modelarlos, limo esponjoso, húmedo, casi caliente, del cual saldrán los personajes legendarios ya de sus novelas: el Pae Apolinar, Muergo, Don Sabas, Patricio Rigüelta, D. Silvestre Suturas, alentando en cada uno el espíritu que su creador acertó a infundirles, espíritu también profundo, esencialmente tradicional. Es el culto a las viejas costumbres; es el amor a la tierra nativa; es la fe religiosa que imprime consuelo, esperanza y sobre todo acción; es el sentimiento exaltado de la libertad, el horror a lo extranjero, que enlaza a los tipos de Pereda con sus indómitos antepasados, los vencedores de las águilas de Agusto; es la nostalgia que sentirá todo montañés por el concejo familiar, tanto que cuando el Destino le saque de su aldea, mal de su grado, a su aldea y con los años volverá nuevamente, porque —fenómeno singular y por extremo expresivo— casi ninguna de las grandes creaciones de Pereda morirá fuera de su lugar: todos, tarde o temprano volverán a él, para que no le falte el legado piadoso de sus huesos, para que convertidos en polvo puedan incorporarse a la jugosa tierra que les vio nacer.

Y con el paisaje, los tipos y costumbres, el idioma además: no sacado fría y artificiosamente de los libros y diccionarios eruditos, sino bebido directamente del pueblo, que es quien siempre lo crea y quien mejor sabe conservarlo y enriquecerlo; aprendiendo de la naturaleza, que por variar es bella, nuevas voces, acepciones y giros, en contacto con las alegrías, tristezas y pasiones de los hombres, como fruto espontáneo y anónimo de la vida, lenguaje recio, viril, y sobrio, intensamente realista, sin rebuscados afeites ni afeminadas galanuras, casando la palabra con el medio exterior, porque el estilo en todo escrito regional es siempre como el reflejo, la evocación, el eco del paisaje, trasunto de la corteza terrestre por donde se mueve, que unas veces le atrae y aprisiona, y otras le impulsa y aleja en busca de nuevas ideas, sensaciones, y desconocidos mundos.

Tradición, como su etimología acusa: de traddere, entregar, Pereda supo hacerlo noble y hermosamente como ninguno. En su ingente obra literaria hay una transmisión plena, constante a las generaciones venideras de los valores y riquezas espirituales que de sus mayores había recibido; faltaba tan solo para que fuese perdurable una divina colaboración, el concurso del Arte, la maestría de la pluma, la visión certera de lo bello, que en la contemplación de la vida que discurre por delante de sus ojos, una y varia, constante y renovada, distingue, cierne, separa y aprehende solo aquello que es digno de vivir y conservarse. De como lo logró, sin mengua de nada santo, por su propio e innovador esfuerzo, con originalidad genial, dícenlo mejor que nadie sus propios libros. Por eso para mí fue Pereda un ejemplar maravilloso e insuperable de tradicionalista literario.

Agustín G. de Amezúa
(De la Academia Española)

TRADICIÓN (Santander, 1 de febrero de 1933)

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